miércoles, 31 de agosto de 2011

En la estación fantasma


Viajar en tren es como ver películas,
colección de fotogramas perforados,
que se arrancan unos a otros,
muerden el presente hasta convertirlo en paisaje.
Viajar en tren es un misterio lleno de noche,
donde se esfuma la luz que tienen los secretos,
donde se roba la imagen que apenas se adivina,
y el futuro transcurre en las vias que mecen
el minuto oscuro de las horas.
Después, al despertar, un nuevo mundo,
exhibiendo orgulloso su impreciso fragmento,
errores sinfónicos y melodías de ácaros,
minúsculo el latir de otro mapa,
que apenas te cabe en la mejilla.
Valencia, sopa cenicienta,
hundida en su capota de grises estresados,
edificios asimétricos que te devuelven la sonrisa,
siniestra con la ruina que dejan los veranos.
Sé de huir los territorios,
sé del desorden
y sé de ver pasar trenes,
que nunca volvieron,
que no me esperaron,
que jamás me atreví a preguntar
a dónde diablos iban.

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